La invasión estadounidense a México (1846-1847) tuvo su origen en el propósito de anexarse la porción de territorio nacional que correspondía a la parte del norte del país, zona limítrofe, con los Estados Unidos.

Si descontamos Texas que ya había sido perdida en 1836 en la Batalla de San Jacinto, contamos además el territorio de Nuevo México y el de la Alta California, los territorios arrebatados a México fueron en total, 1.528.241 km²:

689.836 de Texas y 838.405 de Nuevo México y Alta California.

De este territorio se formaron los estados de Texas, Nuevo México, Arizona, California, Nevada, Utah y parte de Colorado, Oklahoma, Kansas y Wyoming, de los Estados Unidos.

La situación era previsible: por un lado aquellas regiones se hallaban habitadas en buena medida por colonos anglosajones, quienes mostraban descontento de pertenecer a México. Por otra parte, en los Estados Unidos se perfilaba ya de manera bastante clara, la teoría expansionista conocida como el «Destino manifiesto», en la que ese estado habría de basar su política durante las épocas siguientes.